Una experta en comportamiento canino lo explica: cuando un perro ladra ya ha superado su capacidad de calma

Lukas Ruzicka

Isabel Jiménez, etóloga y educadora canina, detalla las señales que aparecen antes del ladrido y por qué el Border Collie y el Mastín llenan su consulta

Redacción Coco y Maya

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Estás paseando con tu perro, aparece otro al final de la calle y el tuyo se pone a ladrar y a tirar de la correa. La etóloga y educadora canina Isabel Jiménez le ha dedicado a ese momento un vídeo en su canal de YouTube, La Manada de Iris, y lo resume en una frase: “Un perro que grita es un perro que no puede, no un perro que quiere”.

El ladrido llega tarde. Jiménez insiste en que “reactivo” se ha convertido en un diagnóstico sin serlo, ya que una misma conducta puede esconder motivos muy diferentes. Dos perros pueden ladrar exactamente igual y uno estar intentando ganar distancia con algo que le da miedo, otro estar desbordado porque tiene una función y ningún sitio donde ejercerla y un tercero tolerar cada vez peor los encuentros porque le duele algo. Y en ninguno de los tres casos, recalca, el perro ha decidido atacar, que es lo que separa la reactividad de la agresividad.

Lo importante es el umbral de reacción. Y es que lo que importa es el umbral, el punto a partir del cual el perro deja de procesar lo que ve y entra en reacción. Cuando está muy activado, explica, la parte del cerebro que frena pierde capacidad, y justo entonces le pedimos calma: “Se le exige calma cuando ya ha superado su capacidad de calma”.

Hay que conocer los avisos. Antes de empezar a ladrar suele haber avisos más discretos, como el cuerpo rígido, la mirada fija, la boca cerrada, dejar de olfatear o acelerar el paso. Vamos, que con el primer ladrido tu perro ya lleva un rato pasándolo mal.

El tiempo de recuperación es importante. Para Jiménez, que un perro se active no es el problema, porque “un perro equilibrado es un perro que puede activarse y volver”. Por eso se fija en cuánto tarda en recuperarse, ya que el que al minuto está olfateando el suelo tiene un sistema que sube y baja, mientras que el que sigue tenso veinte minutos después tiene un problema para bajar. Y eso se trabaja en casa, mirando cómo duerme y si puede desconectar, porque el perro que no descansa sale a la calle ya cargado.

Dos razas, dos quejas. La educadora también pone nombre a ese perro desbordado. El Border Collie es “probablemente la raza que más me llega por problemas que no son del perro”, explicando que “no es un perro con mucha energía, es un perro con una dirección”. En el otro extremo coloca al Mastín, que no obedece rápido, que se lo piensa y que a veces decide no hacer ni caso. Jiménez recuerda que se seleccionó durante siglos para quedarse solo con el rebaño en la montaña y decidir por su cuenta qué era una amenaza, de modo que “su criterio propio no es un defecto: es literalmente para lo que existe”.

La raza pesa menos de lo que parece. Eso sí, la etóloga evita caer en el determinismo. “La genética marca una predisposición, un marco”, explica, y el entorno puede amplificar o amortiguar esa tendencia, de manera que un perro inclinado a vigilar puede acabar siendo estable en una casa coherente y ordenada o volverse hipervigilante si vive en el caos. De ahí su frase “no todos los perros son para todos los humanos”, que ella misma defiende como una manera de ser justos con ellos.

Un estudio publicado en Science en abril de 2022 con encuestas sobre 18.385 perros y el ADN de 2.155 concluyó que la raza sólo explica alrededor del 9% de las diferencias de comportamiento entre individuos. Y hay un detalle que toca de lleno a los ladridos, porque para el umbral de reacción, lo fácilmente que un perro salta ante algo que le asusta o le incomoda, la raza apenas aporta información.

Primero, descartar el dolor. El perro que reacciona por dolor es, según Jiménez, el que casi nadie mira, porque a veces lo único que hace es bajar su umbral: “Tú ves reactividad y es una cadera, una espalda o una boca”. El Manual de veterinaria de MSD le da la razón, ya que señala el dolor como un factor de riesgo importante en los problemas de conducta y recuerda que en casos atendidos por veterinarios conductistas entre el 28% y el 82% de los pacientes mostraban signos de dolor.

Ese dato sale de una revisión publicada en Animals en 2020, firmada entre otros por Daniel Mills, de la Universidad de Lincoln, que estima de forma conservadora que alrededor de un tercio de los perros derivados por problemas de comportamiento sufría alguna dolencia dolorosa, sobre todo articular o muscular, digestiva o de piel. Por eso los autores aconsejan tratar primero el dolor sospechado, en lugar de esperar a ver si falla la terapia de conducta.

Distancia sí, castigo no. Con un perro adulto, la idea es no esperar a que estalle. La protectora estadounidense East Bay SPCA propone en su guía en español sobre comportamiento reactivo averiguar a qué distancia tu perro puede ver a otro animal y seguir alerta sin ladrar, ya sean seis o quince metros, y mantenerla cruzando de acera, dando media vuelta o poniéndote detrás de un coche. Es lo mismo que mira Jiménez, la distancia a la que el perro todavía puede mirarte u olfatear, porque todo lo que se hace por encima de ese umbral se pierde.

Lo que conviene evitar es callarlo con un tirón o un collar que aprieta, porque, como advierte la educadora, “el ladrido era el aviso y se ha castigado el aviso”, y el perro que aprende a no avisar puede acabar mordiendo sin avisar. Un estudio de la Universidad de Oporto comprobó que los entrenados con métodos aversivos mostraban más conductas de estrés y cortisol, y un ánimo más pesimista incluso fuera de las clases.

La socialización importa. Tampoco ayuda llevarlo a parques llenos de perros para que se acostumbre, porque según Jiménez “no se acostumbra, se sensibiliza”, y cada encuentro que acaba en explosión le confirma que tenía razón al activarse. La socialización es importante, y la Sociedad Veterinaria Estadounidense de Comportamiento Animal (AVSAB) explica que los tres primeros meses de vida son los más importantes para ella. Es aquí cuando el cachorro debería conocer tantas personas, animales, estímulos y entornos como sea posible, siempre de forma segura, sin sobreestimularlo y con refuerzo positivo.

Imagen de portada | Lukas Ruzicka

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