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Los veterinarios coinciden: tratar a los gatos como si fueran perros pequeños puede perjudicar su bienestar

  • La veterinaria Belén Montoya, especializada en medicina felina, explica por qué los gatos necesitan cuidados propios

  • El estrés en la consulta, la alimentación, el entorno de casa y el juego marcan su salud física y emocional

Caleb Woods Gato
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redaccion

Redacción Coco y Maya

Editor
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Si tienes un gato en casa, es posible que hayas tendido a cuidarlo como si fuera un perrito, poniéndole la misma comida o llevándolo a consulta de la misma manera sin tener en cuenta sus necesidades específicas. Pero la veterinaria Belén Montoya, que lleva más de diez años dedicada en exclusiva a los felinos, advierte en una entrevista con La Vanguardia de que esa costumbre puede acabar perjudicando su salud y su bienestar, tal y como explicó.

Lo que se copiaba del perro. Según la fundadora de la clínica Felinaria, hasta hace muy poco no había formación específica sobre la especie. Esto hacía que las enfermedades, el comportamiento e incluso la alimentación se extrapolaban de lo que se hacía con los perros. A eso se sumaba la idea de que los gatos eran menos sociables y que se “cuidaban solos”. “Las repercusiones han sido terribles”, resume.

Señales más discretas. Los gatos suelen expresar el miedo, el dolor o la enfermedad con señales bastante sutiles y muy diferentes a cómo lo hacen los perros. “El tutor de perro va al veterinario porque el perro no está bien. Muchos gatos vienen a consulta estando ‘aparentemente’ bien”, explica Montoya.

Por lo tanto, las revisiones periódicas son especialmente importantes, porque permiten detectar a tiempo pequeños cambios que el gato tiende a disimular. La veterinaria pone como ejemplo una pérdida leve de masa muscular, movimientos impropios de la edad del gato, alteraciones dentales o cambios en el pelo.

El mal trago del veterinario. Según Montoya, el trauma empieza en casa, cuando se mete al gato en el transportín a la fuerza, y sigue en una clínica donde no se tiene en cuenta que se guía sobre todo por el olor y el sonido. Las pautas de manejo felino de varias asociaciones señalan tanto el viaje como los olores, el ruido y otros animales como fuentes de estrés. Y ese miedo, explica la veterinaria, provoca una liberación excesiva de cortisol y adrenalina que puede complicar la interpretación de un análisis de sangre. Vamos, que el mal rato también se nota en los resultados médicos.

Por eso las clínicas felinas evitan la presencia de perros y apuestan por un ambiente tranquilo, con música suave, voces bajas y feromonas faciales felinas. Para que la visita sea más llevadera, Montoya también propone acostumbrar al gato al transportín, pedir cita a horas tranquilas y, si el veterinario lo considera, utilizar suplementos, fármacos o una sedación leve.

Carnívoros estrictos. La alimentación es otra diferencia importante, ya que el gato es un carnívoro estricto y un cazador que, por naturaleza, come pequeñas cantidades. Depende de nutrientes que solo aportan los productos de origen animal, y además “no son grandes bebedores”, advierte Montoya, que recomienda que la mayor parte de su dieta sea comida húmeda de buena calidad.

Un territorio a su medida. En casa, lo recomendable es que tengan rascadores, areneros adecuados, zonas elevadas y rincones tranquilos para descansar, porque los lugares altos y los escondites ayudan a rebajar el estrés. Y el juego diario es, para los veterinarios, una de las mejores herramientas para mantenerlos activos, con juguetes que imitan presas y comederos interactivos que, como dice la veterinaria, les obligan a “trabajar” para comer.

De ahí que la especialista insista en entender lo que necesita un gato por sí mismo, en lugar de tratarlo como a un perro en miniatura, porque de eso depende buena parte de su calidad de vida.

Foto | Caleb Woods

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