El cansancio en los paseos, una respiración más rápida de lo normal cuando el perro está tumbado o un desmayo pueden ser la primera pista de una enfermedad del corazón. Y lo peligroso es que muchas veces se confunden estos síntomas con los achaques de la edad.
Lo curioso es que los tratamientos en estos casos se parecen tanto a los de las personas que hay familias que reconocen en la receta de su perro las mismas pastillas que toma el abuelo. Pero esto es algo que el cardiólogo veterinario Alexis Santana explica y que tiene bastante letra pequeña.
Dos enfermedades que se llevan casi todo. Tal y como cuenta Santana en una entrevista con La Vanguardia, entre las cardiopatías adquiridas de los perros destacan la degeneración de la válvula mitral, muy frecuente en razas pequeñas, y la miocardiopatía dilatada, más propia de los grandes, en la que el músculo del corazón pierde capacidad para contraerse.
No es sólo cosa de perros viejos. Aunque la enfermedad mitral es más habitual cuanto mayor es el animal, hay razas con una predisposición genética marcada para contraerla de más jóvenes, como el Cavalier King Charles Spaniel, y por eso el especialista recomienda controles cardiológicos en ellas.
Ojo con echarle la culpa a la edad. Según Santana, es habitual pensar que el perro ya no pasea como antes porque se está haciendo mayor. Sin embargo, este cambio puede deberse a un problema cardíaco, aunque también a uno articular. También hay otras señales que conviene no dejar pasar, como los desmayos o esos episodios en los que el animal parece que se cae o pierde fuerza en las patas de atrás, aunque se recupere enseguida.
Cuenta las respiraciones. Lo más útil que puedes vigilar en casa es cuántas veces respira tu perro en reposo, sobre todo si ya tiene diagnosticada una cardiopatía. Si pasa de 40 respiraciones por minuto de forma sostenida, el veterinario recomienda pedir cita, y si supera las 50, ir a urgencias. Como referencia, según la guía de AniCura sobre insuficiencia cardiaca, un perro sano no pasa de 30 respiraciones por minuto en reposo.
El infarto, la gran diferencia. Las placas en las arterias coronarias son mucho menos frecuentes en los perros que en las personas, por lo que el infarto clásico de la medicina humana es raro en ellos, aunque el especialista aclara que tampoco es imposible que suceda.
El pastillero del abuelo. Pero en el tratamiento sí que se parecen, y mucho. Santana cuenta que a veces las familias le dicen que ha recetado su perro los mismos medicamentos que toma el abuelo o la abuela, porque para controlar las consecuencias de la enfermedad se utilizan diuréticos y otros fármacos similares. También se implantan marcapasos, se reparan válvulas mitrales o se cierra el conducto arterioso persistente, que también se da en niños, con un dispositivo introducido por catéter.
Reparar en vez de aguantar. Con técnicas como el VClamp, con la que fue pionero en España en enero de 2024, ya no sólo se aguanta la enfermedad, sino que se actúa sobre la propia válvula. Según el veterinario, el primer perro operado de la mitral en España sigue vivo tres años después y sin tratamiento cardíaco, aunque él mismo reconoce que hacen falta resultados a más largo plazo.
Un viejo conocido de la casa. No es la primera vez que hablamos con él. En 2023 Santana ya nos explicaba por qué la válvula mitral es el punto débil de los perros pequeños cuando se hacen mayores, cuando estaba al frente de la cardiología de AniCura Albea, y también te hemos contado cómo la miocardiopatía dilatada afecta sobre todo a las razas grandes.
Mismo fármaco no es misma caja. Pero que la enfermedad se parezca no quiere decir que valgan las pastillas del abuelo. El medicamento de referencia para la mitral canina, el pimobendan, se comercializa en España como medicamento veterinario con receta. La ficha del Vetmedin marca una dosis de entre 0,2 y 0,6 mg por kilo de peso y día repartida en dos tomas, un ajuste que difícilmente encaja con una pastilla pensada para una persona adulta cuando el paciente es un perro de pocos kilos.
Lo que le hacen al perro. Y es que los fármacos cardiovasculares de uso humano no son inofensivos en un perro. Según el Manual de Veterinaria de MSD sobre intoxicaciones por medicamentos recetados a personas, los inhibidores de la ECA y los antagonistas del calcio pueden bajarle mucho la tensión, los diuréticos le alteran el potasio y los betabloqueantes, los más delicados del grupo, pueden provocar signos importantes incluso a las dosis recomendadas.
Lo que dice la ley. La norma va en la misma dirección. El artículo 112 del Reglamento (UE) 2019/6 sobre medicamentos veterinarios sólo permite tratar a una mascota con un medicamento de uso humano cuando no existe uno veterinario adecuado, y siempre por decisión y bajo la responsabilidad del veterinario. En España lo desarrolla el artículo 34 del Real Decreto 666/2023.
Una norma en obras. Eso sí, el decreto está en plena revisión. El Gobierno sacó a audiencia pública una modificación entre enero y febrero de 2026 que da más margen al juicio clínico del veterinario, y según Redacción Médica el Ministerio de Agricultura sigue adelante con ella pese al adelanto electoral, aunque con pocas opciones de aprobarla antes del 29 de noviembre.
Más de un susto al mes. El riesgo no es teórico. Según AniCura, su hospital Vetsia atiende más de un caso al mes de perros o gatos intoxicados con fármacos humanos, unas veces por accidente y otras porque alguien se los ha dado a propósito. Uno de esos casos fue el de un teckel que acabó hospitalizado 24 horas después de tragarse un comprimido de ibuprofeno de un gramo.
Cada uno con su caja. Vamos, que el parecido entre el corazón de tu perro y el del abuelo es una ventaja en manos del cardiólogo, que puede tirar de técnicas y fármacos de la medicina humana, pero no un atajo para el botiquín de casa.
El camino inverso. Y conviene guardar las pastillas de unos y otros por separado, porque el camino inverso también existe: la misma ficha del Vetmedin avisa de que, si un niño se traga por accidente uno de esos comprimidos con sabor, puede sufrir taquicardia, bajadas de tensión, rubor y dolor de cabeza.
Imagen de portada | Pxhere
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