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En 1858, un vigilante nocturno de Edimburgo falleció, su fiel perro permaneció 14 años junto a su tumba y hoy se le rinde homenaje en un famoso cementerio

Greyfriars Bobby tiene estatua, collar en el Museo de Edimburgo y una tumba que aún recibe visitas, aunque un historiador sostiene que su leyenda tuvo mucho de reclamo comercial y que hubo dos perros

Jamie Wheeler
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redaccion

Redacción Coco y Maya

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Greyfriars Bobby es uno de los perros más famosos de Escocia, un pequeño skye terrier que pasó 14 años junto a la tumba de su dueño en el cementerio de Greyfriars Kirkyard, en Edimburgo, hasta su propia muerte en 1872. Su caso sigue emocionando a quienes visitan la ciudad, aunque no todo el mundo se lo cree.

Un vigilante y su terrier. John Gray trabajaba como vigilante nocturno de la policía de Edimburgo, y Bobby le acompañaba en sus rondas por las calles frías del casco antiguo hasta que Gray murió en febrero de 1858 y fue enterrado en Greyfriars Kirkyard, según el archivo de bibliotecas y museos de Edimburgo. A partir de ahí arranca la leyenda: el perro volvió una y otra vez a la tumba, los vecinos empezaron a darle comida y refugio y, poco a poco, aquel terrier acabó convirtiéndose en toda una celebridad local.

Y sus visitas tenían horario fijo. El mismo archivo cuenta que un sargento de los Royal Engineers, Scott, enseñó al perro a asociar el cañonazo que se dispara a la una desde el castillo con la hora de comer. Con esto, desde 1862 sus visitas diarias al restaurante de John Traill, en el número 6 de Greyfriars Place, se convirtieron en un espectáculo para los curiosos que se acercaban a verle.

Un collar con licencia. En 1867 se introdujo un nuevo impuesto sobre los perros, y Bobby, que no tenía dueño legal, quedaba en una situación delicada. Pero su historia ya había llegado a las altas esferas, y el lord provost o alcalde de la ciudad, sir William Chambers, pagó la licencia y le regaló un collar grabado que lo acreditaba como perro autorizado.

Bobby murió en enero de 1872 y fue enterrado cerca de la entrada de Greyfriars Kirkyard, no muy lejos de su dueño, en una tumba que todavía recibe visitas. Un año después, la baronesa Burdett-Coutts encargó la fuente coronada por su estatua de bronce, que hoy sigue frente a la entrada del cementerio, mientras que su collar y su cuenco, este último donado por la familia Traill, se conservan en el Museo de Edimburgo.

Una leyenda con letra pequeña. La historia, en cualquier caso, no está tan clara como parece. En 1912, la novela de Eleanor Atkinson atribuyó el perro a otro John Gray, un pastor de las colinas de Pentland apodado Auld Jock que murió en Edimburgo ese mismo 1858 y que, según el archivo municipal, fue enterrado en el cementerio de East Preston Street. Y en 2011, el historiador Jan Bondeson, profesor de la Universidad de Cardiff, fue bastante más allá asegurando que la historia habría sido un montaje del conservador del cementerio, James Brown, y del propio Traill para atraer clientela.

Para Bondeson, Bobby era un perro callejero bien alimentado que cazaba ratas en la iglesia y que “no era un perro de luto en absoluto”, sino un perrito feliz. Y cree además que hubo dos Bobby: el primero, un chucho ya mayor, habría muerto en 1867, y lo habrían sustituido por un skye terrier de raza que vivió hasta 1872. Vamos, que los 14 años de lealtad podrían ser en realidad la suma de dos perros. Eso sí, Bondeson llega a esa conclusión a partir de dibujos y relatos de la época, por lo que tampoco es una realidad rotunda ni verificada.

El duelo de los perros. Lo que sí ha estudiado la ciencia es cómo reacciona un perro cuando pierde a alguien cercano. Un estudio de 2022 publicado en Scientific Reports, con la Universidad de Milán entre sus autores, encuestó a 426 dueños italianos que habían tenido al menos dos perros y habían perdido a uno de ellos, y casi nueve de cada diez observaron cambios en el que sobrevivió.

Los más habituales fueron buscar más atención (67%), jugar menos (57%), estar menos activo (46%), dormir más y tener más miedo (35% en ambos casos) y comer menos (32%). En el 32,2% de los casos esos cambios duraron entre dos y seis meses, y en el 24,9% se alargaron más de medio año. Y hay un detalle que te toca de cerca, porque la pena del propio dueño aparecía asociada a que el perro comiera menos, aunque los autores reconocen que no pueden confirmar que lo que vieron fuera duelo.

¿Se acuerdan de nosotros cuando ya no estamos? Pues, como contaban nuestros compañeros de Xataka en 2024, las investigaciones del neurocientífico Gregory Berns apuntan a que su memoria asociativa, muy apoyada en el olfato, les permite recordarnos de por vida, aunque no está claro cómo perciben ausencias de días o semanas.

Imagen de portada | Jamie Wheeler

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